Subiendo escalones

Estoy mejorando. Hoy ya puedo moverme un poco más y parece que no tengo tanto sueño como en los días previos a la implantación de la válvula, aunque todavía necesito hacer un siesta cada tres horas. Mantengo el apetito. Las próximas 48 horas serán importantes y esperemos que el cansancio y el sueño muestren tendencia a disminuir. Recuerdo que me costó unos días adaptarme a la última válvula que me colocaron en España. Esta vez, al menos, no me cuesta tanto girar la cabeza y estoy convencido que es debido a la posición adónde se encuentra implantada que permite una mejor movilidad. También parece que he recuperado casi por completo la visión que había perdido y mi ojo izquierdo no mira hacia mi nariz tan a menudo. La Dra. Gominola ya me avisó que estaba casi convencida de que la culpable era la hidrocefalia y no una lesión provocada por el tumor. Por cierto, papá y mamá se pasan el día con los dedos cruzados como si quisieran romper un maleficio. Los adultos a veces hacen cosa muy raras.

Ocupamos la última habitación de la casa McDonald, en la segunda planta, y las escaleras suponen un obstáculo importante para mí en estos momentos. Papá es mi ascensor particular pero hoy le he pedido que quería subir y bajar sin su ayuda. La bajada no me ha planteado dificultad alguna pero la subida no la he podido completar. Demasiados escalones. Papá insistía en llevarme y yo en subir solo. A cual más cabezón.

Os contaba hace unos días que la hidrocefalia me ha provocado, entre otros problemas, incontinencia urinaria, es decir, tengo sensación continua de orinar y cada cuarto de hora necesito ir al lavabo. Es realmente incómodo y disminuye únicamente cuando estoy durmiendo, consiguiendo que los intervalos de tiempo lleguen a 45 minutos. Así que no hay manera de dormir al menos una hora seguida. Ni yo ni los papas. Menos mal que en el hospital no tuve mas remedio que aprender a hacer mis necesidades en la cama y esto me permite no tener que estar levantándome cada dos por tres. Todavía recuerdo que la primera vez tardé en poder incorporarme más de un mes y medio y mamá me tenia que dar masajes por todo el cuerpo con una crema varias veces al día para activar mi circulación y evitar las rozaduras en mi piel. Aunque algunas me salieron de todas formas.

Esta tarde después de la siesta, hemos acompañado a papá a visitar un apartamento y si tenemos suerte podría ser nuestro oficialmente el próximo domingo. No me lo puedo creer. El apartamento es muy pequeño pero suficiente para parecer un hogar. Consta de un salón reducido en el que se encuentra la cocina en un rincón, dos habitaciones y un baño. Ya está. Lo más importante es que cumple los requisitos mínimos: nos lo entregarán recién pintado y limpio, es iluminado y está a 15 minutos exactos de distancia del hospital caminando. En caso de emergencia cogiendo un taxi, llego en menos de 4 minutos. A papá le hubiera gustado no tener que pagar tanto pero no ha habido manera de conseguir algo más barato tan cerca. Las opciones mas baratas estaban a un mínimo de distancia de 30 minutos en autobús o 15 en taxi pero con la quimioterapia no puedo coger transporte público y el coste del taxí en Boston es muy elevado.

Los niños con cáncer cerebrales y varias operaciones como yo, tenemos que estar continuamente alerta porqué en cualquier momento podemos desarrollar un episodio de ataque epiléptico o convulsión y necesitamos atención médica urgente. Además, uno de los posibles efectos secundarios de una de las drogas que me administrarán en la quimioterapia también puede provocarlo. Para que os hagáis una idea de la importancia de este asunto, papá y han mamá son informados por escrito continuamente por el equipo médico para estar alerta y algunos pacientes como yo, estamos ingresados en una planta especializada en tumores cerebrales y dormimos en una habitación con cámaras y lámparas de infrarrojo, que permiten iluminar en la oscuridad sin molestar a los niños que duermen. Alexa ingresó de urgencias hace dos semanas por ataques epilépticos repentinos mientras estaba descansando en la casa Mc Donald.

Hoy antes de ir a dormir, he vuelto a jugar una partida a la Nintendo mientras me acompañaba Balubi, un perrito de peluche que insiste en no separarse de mí como un fiel escudero de batallas. Siempre me acompaña a todas las pruebas, ha estado presente en todas las cirugías y ha compartido conmigo los peores momentos. Me recuerda a mi querida perrita Kiki. La echo mucho de menos y en cierta manera, Balubi hace que las distancia que nos separa se me antoje más corta.

Deseo que el domingo por fin papá firme el contrato y subir cada peldaño de la escalera sin ayuda de nadie. No pararé hasta que lo consiga.

Superbesos y Superabrazos de SuperRichi

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